El pregonero, las sardinas, la lectura y el sistema inmunológico

 

En Logrosán teníamos pregonero.

Cuando nadie tenía Internet nosotros tampoco,

pero teníamos pregonero.

El sonido previo de la corneta era seguido por un silencio.

El silencio de la expectación ante lo nuevo.

No había mucho nuevo en Logrosán.

 

Nuestro pregonero,

probablemente no obtuvo la corneta de platino,

pero hacía de su pregón suficientes copias,

tantas como para que el pueblo entero quedara enterado.

 

¿Enterado de qué?

 

-         De nuevas tasas a pagar.

-         De que ya se podían adquirir los carnets de la temporada de piscina.

-         De cortes de agua potable.

(durante el poco tiempo que pregonero y agua corriente

 convivieron a un lado y a otro del suelo de Logrosán)

 

Preludio probable de mi futuro como consumidor compulsivo,

yo tenía mis pregones preferidos.

Los míos eran los de carácter comercial:

-         La llegada de telas nuevas de temporada,

-         y zapatos,

-         el anuncio de espectáculos de títeres o de húngaros

 

-         y de entre todos el de las sardinas.

 

A quien (de entre los que pueden)

no se le quitan 30 (y más) años de encima

al recrear la corneta y el sonsonete de:

 

¡Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!

¡Se hace sabeeeeeeer!

¡que han llegadoooooo!

¡sardinas frescaaaaaas!

¡a la pescaderíaaaaaaaa!

¡de (elija el lector su preferida)!

 

Sardinas que, por cierto, se envolvían en papel de periódico.

El YA era el que hacía mejor apaño.

Al final, nuestras sardinas llevaban tinta que también ingeríamos.

Tinta que algunos hoy hemos de suplir con la lectura diaria.

Papel de YA, tinta de YA,

que mantenía en guardia nuestro sistema inmunológico.

Sistema inmunológico que hoy deja sus brazos caídos

y se deja colar impunes a todo tipo gérmenes.

 

¿Nos hará falta un pregonero?

 

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