MARIO ROSO DE LUNA. Apunte biográfico
(Publicado en la revista Aula Magna)
Para asomarse al esotérico mundo de mi paisano
Mario Roso de Luna, hay que valerse del profesor Esteban Cortijo, a cuya
figura ha dedicado su tesis doctoral, varios libros, exposiciones, conferencias
y un centro cultural en Cáceres que lleva su nombre. Pero ojo,
un introductor tan cualificado como él te lo dará precocido
y has de trabajarlo, porque el llamado Mago Rojo (Rósso, en italiano)
de Logrosán “escribió de forma tan secreta que se
necesita un rito de iniciación para descifrar sus intenciones”.
Y es que si a lo aparentemente claro la sutileza del análisis lo
enturbia y dificulta, qué esperar de lo oscuro y misterioso de
por sí, como es el mundo en que se adentra y bucea el mundialmente
conocido Roso.
Nació el Viernes Santo de 1872 en dicha villa minera (fosforita,
casiterita, y oro en épocas remotas; siguiendo su rastro, Ruecas
arriba, dieron a mediados del pasado siglo con el estaño). Murió
en Madrid el año 1931.
En Logrosán nacieron también el doctor Iván Sorapán
de Rieros, que fue padre de La medicina española en proverbios,
obra que sirvió de texto en la Universidad de Granada, y padrastro
inquisidor en Llerena, y Martín del Barco Centenera, capellán
en la expedición al Nuevo Mundo de Ortiz de Zárate y autor
del poema épico Argentina y conquista del Río de La Plata,
cuyos méritos eclipsó Ercilla con La Araucana. (La última
edición en facsímil de Argentina es de 1982, prologada por
Ricardo Senabre, catedrático que fue de nuestra Universidad).
Mario tenía que ser mago. Mágica y tenebrosa fue la fecha
de su nacimiento; en ella, veinte siglos atrás, al consumarse la
Pasión redentora, se rasgaron las tinieblas y las cortinas del
Sancta Sanctorum. Mágica, la cuna. Logrosán fue tierra de
brujas desde tiempos inmemoriales. Éstas celebraban sus orgiásticos
aquelarres en el cercón aún llamado de La Brujera. A su
reclamo, bajo la égida de “Dionisio y Venus, un dios cornudo
y una diosa ubérrima, un chivo ebrio y una hetaira por amor”,
acudían los reprimidos sexuales de la comarca y se concentraban
en torno a hogueras que, en momentos de paroxismo y posesión demoníacos,
lanzaban terribles llamaradas sulfurosas. Era la fosforita de que estaba
preñada la tierra cuyo secreto ellas solas conocían, y que
las taimadas sacerdotisas, a hurtadillas, arrojaban al fuego en sus invocaciones
monstruosas. A su conjuro, respondía una cohorte de endriagos,
quimeras, faunos, ogros... ¿Ogros? ¿Los ogros? ¿Los
ogros han... aparecido también? ¿De ahí Logrosán?
¿Y el gentilicio de almorraneros que se nos atribuye, no huele
a desgarro de esfínteres anales? Se nos antoja que no sólo
virginales hímenes incómodos se ofrendaban a las lúbricas
deidades, sino también varoniles conductos excretores. ¿Incubaron
acaso estas orgías el celo y rigor inquisidor del doctor Sorapán
de Rieros? Meras conjeturas y juego de palabras, ya lo sé, ¿pero
no son a menudo las certezas su remolona confirmación?
Brujas y sortilegios, el telurismo que emana la comarca, una eficaz y
temprana formación (cuentan que a los cinco años arrancó
un mechón de greñas a su niñera por empeñarse
en llamar Arco de Santiago al Arco Iris), una inteligencia preclara, un
tesón inquebrantable, una curiosidad insaciable, una especial receptividad
mediúmnica modelaron una peculiar personalidad capaz de captar
y entender los vestigios del pasado, los arcanos más recónditos,
la existencia y los mensajes de fuerzas paranormales y de “seres”
fabulosos, quiméricos, míticos que dejaron –y dejan,
según la teosofía- huellas indelebles al alcance sólo
de iniciados. Todo esto lo recoge cumplidamente Mario en sus escritos.
“No me leáis si todavía estáis a bien con la
rutina”, escribió o dijo en alguna ocasión. Leedle,
persuado yo, si queréis romper con ella y vislumbrar mundos maravillosos
desconocidos.
Cultivó la astronomía, arqueología, parasicología,
filosofía, hermetismo, ocultismo, masonería, teosofía,
la literatura y el periodismo. Interesaría aquí hablar de
las disciplinas esotéricas, pero no me es posible; primero porque
no sé, y si copiara a otros, no dispongo de sitio ni lo entenderían
mis lectores. Baste saber, que estudiando por libre se doctoró
en Derecho y licenció en Ciencias Físico-químicas.
Sin necesidad de “lentes”, conocía el firmamento como
la palma de la mano. Leyendo entre líneas, descubrió varias
estrellas temporarias (las llamadas “novas” en la actualidad)
y el cometa que aparece en todos los mapas celestes con su nombre. En
1894, siendo aún muchacho, obtuvo el premio de oro de la Academia
de Inventores de Francia con su Kinethorizón, planisferio para
aficionados.
En un país donde la heterodoxia se tilda de pecaminosa o subversiva,
se ignoran sus méritos, se queman sus libros, se ocultan sus éxitos
como conferenciante dentro y fuera de España. Cuatrocientos catedráticos
y ateneístas –con Cajal, Torres Quevedo, Carrecido y otros
a la cabeza- solicitan sin éxito la creación de la cátedra
de Polididáctica (Ciencias, Filosofías y Mitologías
comparadas), de la que sería profesor numerario. Por razones oscuras,
no se le reconocen sus méritos en Astronomía y no logra
ingresar en un observatorio estatal. Y eso que fue comisionado por la
Junta de Investigaciones Científicas para observar en Cacabelos
el eclipse de sol de 1912. Las trescientas pesetas con que le pagaron,
fue lo único que percibió del Erario Público. En
aquel evento, actuó también como corresponsal científico
de “El Liberal”, de Madrid.
En una ocasión –se lo cuenta el propio Roso a Unamuno por
carta-, se cruzó con la princesa Isabel en el Hotel Malet de Gijón.
Ésta le paró, y sin más, con franqueza que calificó
de depresiva en vez de impertinente, le pregunta: “¿Usted
quién es?” Yo, señora, tengo el honor de ser vecino
en Madrid de V.I.” -le responde. ”Pero usted, ¿qué
es?” –insistió insolente. “Yo, señora,
soy teósofo y ateneísta”. Sólo eso era a causa
de la marginación a que le sometía la mojigata mentalidad
de su época.
De sus más de treinta obras publicadas, elegimos un ramillete,
sin otro criterio que la extrañeza y perplejidad que suscitan sus
títulos: Hacia la gnosis. En el umbral del misterio. La Esfinge,
Evolution solaire et sèries astro-chimiques, La ciencia hierática
de los mayas, Wagner, mitólogo y ocultista, Beethoven, teósofo,
Páginas ocultistas y cuentos macabros, De gentes de otro mundo,
El libro que mata a la muerte o Libro de los jinas, El velo de Isis, Simbología
arcaica, Simbolismo de las religiones del mundo y el problema de la felicidad,
Del árbol de las Hespérides, Significación filosófica
de la teosofía, El tesoro de los lagos de Somiedo. De Sevilla al
Yucatán. Además de eso, colabora asiduamente en la prensa
nacional y regional. Haciendo de la teosofía un sacerdocio, da
multitud de conferencias tanto en España como por diversos países
iberoamericanos. Fue reputado arqueólogo. Menéndez Pelayo
le considera el mejor de Extremadura, y se hace eco de su hallazgo de
una losa sepulcral en Solana de Cabañas, que donó al Museo
Arqueológico de Madrid, donde se exhibe.
Vaya una anécdota representativa de lo que fue y significó
el Mago de Logrosán en su época. La cuenta Ramón
J. Sénder en Verdugo afable y la reproduce Sánchez Dragó
en Gárgoris y Habidis en una de las cuarenta o cincuenta veces
que le cita en dicha obra. Nosotros la resumimos salpimentada. Buscando
un arrimo, quejósele Valle-Inclán de estrecheces. (Están
aún a la vista, ¿quién no recuerda sus trazas?) No
le daba la pluma para más. Tú –vino a decirle- conoces
las entrañas de la tierra; anda, búscame un tesoro que me
saque de apuros. “No quiero la opulencia, amigo Mario, pero sí
un decoroso bienestar”. Conmovido, Roso trató de ayudar a
Valle. Se sabía uno, el de un rey moro de Guadalajara. Guardado
por siete gnomos, estaba enterrado junto al río, entre estiércol
para mayor seguridad, en la arboleda conocida en la antigüedad por
Morabito de Abd-ala. (Guadalajara significa en idioma arábigo algo
así como río de estiércol) Pero, allí debe
seguir, porque Roso no reveló el lugar. Y es que desde el círculo
del tercer enigma, le advirtieron del uso indebido que haría Valle
del tesoro si le echaba el guante. Debió entenderlo éste,
porque no hay constancia de su enfado, pero no así su hijo, que
le guardó rencor mientras vivió.
Francisco Pedrero Bote
pacopedrero@hotmail.com |