Soy Francisco Pedrero Bote.
Me habéis pedido una semblanza mía; pues ahí va:
Soy Francisco Pedrero Bote. Nací en Logrosán con no muy buenos augurios el año 1929, el del crack de Nueva York, el mismo día en que entonan el “Pobre de mí” en Pamplona.
Pertenezco a la familia de los Torreznos, apodo que nunca se me aplicó, pero del que no reniego.
Quedé huérfano de padre a los dos meses de empezar la guerra civil. De un oportuno –para él- infarto.
Una tienda de comestibles que teníamos aguantó el embate, pero la arruinó la hambruna que asoló el país. Sin comestibles no hay ventas y sin ventas no hay ganancias y sin ganancias se pasan canutas.
Así lo pasamos hasta bien avanzada la década de los cuarenta. El bofetón que supuso para mí tener que renunciar a la beca que me concedió la Academia (solo las clases) por no poder pagar los gastos que llevaba aparejada (libros, matrícula, vestir con decoro, etc.) fue una caricia para lo que vino después.
De los gitanos se dice que desean malos principios para sus hijos. Por las enseñanzas que conllevan y porque endurecen, supongo. Que yo sea ahora duro y resistente como la madera de boj y no blando como la cañaheja (cañajierra, otra palabra para el vocabulario) se debe a mis malos principios.
Mi formación ha sido –y sigue siendo; tengo mis manías- autodidacta. Profesionalmente, bancaria y financiera; por vocación, literaria.
He trabajado cuarenta años en el Banco de Extremadura (ahora Banco Simeón). Ingresé, como era de rigor entonces, de ordenanza; fui director de sucursal en Madrigalejo y en Navalmoral de la Mata y Jefe de Personal del Banco.
De la afición a leer me viene el amor por la literatura.
Jamás pensé tener la osadía de escribir. Probé por pura casualidad, pasados los sesenta y cinco años, y le cogí afición por el gusto y satisfacción que me producía.
A la creación literaria he consagrado mi ancianidad. (No me degraden, por favor, que presumo de viejo; la palabra anciano tiene resonancias bíblicas, y detecto sucedáneos que la empobrezcan).
Llevo medio año intentando escribir poesía. Y lo lograré, que me sobra tiempo.
Con audacia impropia de mis canas, presenté un relato al III concurso literario Experiencia y Vida convocado por la Junta de Extremadura y me concedieron el tercer premio.
Al año siguiente obtuve el primero.
(Este concurso, en su primera edición, fue ganado por D. Alfonso Galán y Galán, conocido entre nosotros por haber sido profesor del Instituto.
El año pasado logré el primer premio del concurso de relatos convocado por la Facultad de Filosofía y Letras, de Cáceres.
Estoy casado con Ana Gil Loro. Con ella tengo diez hijos. Bien porque nos salieran derechos, o porque las torceduras fueran detectadas y corregidas a tiempo, lo cierto es que nos sobran motivos para estar orgullosos de ellos. Y más cuando, con nuestro apoyo y estímulo, y su esfuerzo entusiasta, se han situado muy por encima de lo que pudimos soñar.
Hace más de cuarenta años que faltamos de Logrosán.