EL ENTUSIASMO, por Francisco Pedrero Bote, Cáceres.
(Trabajo publicado en el num. 5 (diciembre 2001) de la revista AULA MAGNA)

Esta palabra, de origen griego, significa nada menos que estar inspirado, poseído por la divinidad. Así, pues, el entusiasta es un poseso, un iluminado; un loco de atar, vaya.
Platón fue el primero en analizar seriamente ese tipo de locura divina. Para guiarse, destaca cuatro grupos de entusiasmo, los cuales pone bajo la protección de sendas deidades afines: al dios Apolo le atribuye el delirio profético; a Dionisio, el místico; a las Musas, el poético; y a la lúbrica Afrodita y a Eros su alcahuete, ¿cómo no?, la ceguera y el ardor amorosos (Fedro, 265b y 249d). Según él, el valor de las manifestaciones artísticas y poéticas depende del grado de inspiración divina de que sea capaz el autor. Aristóteles, más impío, descabalga a los dioses y entiende el entusiasmo como pasión moral del alma. Plotino lo entiende como acto cognoscitivo total otorgado por la fe. Opiniones diversas (G. Bruno, Locke, Voltaire, Kant, etc.) recogerá quien las busque.
Pero bajemos los humos y restituyamos los filósofos a los anaqueles. Quedémonos, porque no excede nuestros alcances y basta a nuestros fines, con lo que dice el diccionario de la Real Academia Española. Y porque conviene, no nos resistimos a encarecer lo mucho que ganaría quien se empapara hasta los huesos de lo que dice sobre el término que nos ocupa. Pido excusas por transcribirlo, pero es breve: “Furor o arrobamiento de las sibilas al dar sus oráculos. Inspiración divina de los poetas. Inspiración fogosa y arrebatada del escritor o del artista, y especialmente del poeta o del orador. Exaltación y fogosidad del ánimo, excitado por cosa que lo admire o cautive. Adhesión fervorosa que mueve a favorecer una causa o empeño”. Subrayo para mayor énfasis.
Nadie que se percate del alcance profundo de tan fogosa descarga de maravillosos y sugerentes conceptos, puede permanecer impasible ante su contenido; por lo menos, los meditará durante un tiempo y tratará de apropiárselos proyectándolos en sus vivencias. Pero eso, con ser mucho, no basta; quedaría en simple acaloramiento, en fugaz arrebato del ánimo; sería en poco tiempo estéril, si no se asumiera plena y apasionadamente, y si no impulsara a la acción continuada y sin desmayos. No le será nada fácil, que lo que vale, cuesta. Tendrá periodos de dejadez, olvidos, cansancios, frecuentes decaimientos -a veces profundos-; pero un espíritu alerta, impregnados todos sus poros de entusiasmo, los detectará a tiempo y les pondrá remedio; que no será otro, que escupirse las irritadas manos -como hasta no ha mucho hacían los leñadores, labriegos y obreros de pico y pala-, empuñar de nuevo la mancera, mirar por derecho la besana -a cuyo término vislumbrará la gloria-, arrimar el hombro, y arrear la yunta. Al final del surco, se limpiará el sudor, tomará alientos, e iniciará el retorno; no en plácido reposo, sino hundida de nuevo la reja hasta las entrañas de la tierra. De este modo la peinará hasta agotar las fuerzas y la jornada. Al siguiente día, igual, y al otro, y los que le siguen.
¡Uf! –habrá quien respingue-, esto no es para mí. Me conformo con lo que tengo, con lo que soy; para qué más. No tengo voluntad suficiente, se excusarán los que apenas la ejercitan.
Conformidad, evasivas, quietud; eso es todo. Los mediocres y adocenados saldrían de su postración si lo que derrochan en buscar justificaciones lo emplearan en hallar y aplicar remedios.
“En verdad, en verdad os digo”... –recordad la parábola del grano de mostaza-. por exiguo que sea el caudal de entusiasmo y voluntad de que dispongáis, no será inferior a dicha semilla. Y si ésta, arrojada al huerto (tierra labrada y sudada), crece por inspiración divina hasta rozar el cielo y servir de nido a sus avecillas, del mismo modo, el coraje y el esfuerzo, con entrenamiento y uso continuado, agiganta las potencialidades del hombre y le dignifica.
Ladrarán en manada los mediocres (apáticos, indolentes, envidiosos) al paso de los esforzados; arrojarán dardos disuasorios y paralizantes los impotentes, los conformistas, los alicortos de espíritu, los que se esconden tras la humildad. Tal virtud, mal entendida, tiene mucho de atadura a los orígenes y de sumisión a las circunstancias, siendo, por tanto, un lastre para el desarrollo integral del individuo. No importa; no hay ladrido de perro ni rugido de león que hiele la sangre, ni flecha que quebrante y enfríe los firmes propósitos de un entusiasta, de un poseso.
La pasión y el entusiasmo, en todas sus gradaciones, se exteriorizan; el desinterés y la abulia también. En nuestras aulas (en profesores y alumnos), como en la calle, se hacen patentes.
Nuestras aulas... ¡Nuestras, nuestras! ¡Pero si para algunos se cerraron a los doce años, a los que hay que restar los tres de la guerra en que no tuvimos clases! ¡La Universidad de Mayores! Ni en sueños...
¡Cómo no creer en los milagros! ¡Y en lo mucho que cunde un simple grano de mostaza!

Francisco Pedrero Bote
pacopedrero@hotmail.com